“¿Y diái? ¿Qui’hací, montón!” De tiempo en tiempo, ese saludo despabila mis neuronas cuando pasa cerca de mí un carro o una camioneta con verduras. La memoria de mis orejas conserva esa voz socarrona, pícara, con un mohín de mala intención, saltando entre las acelgas, los zapallos, las achicorias, los nabos, las remolachas, los rabanitos...
Se me viene a la mente ese “¡Dejá de hacerte el tonto! ¡Vamos que se hace tarde!” Y daba vueltas. Me hacía el distraído, el que algo estaba haciendo para demorar la partida o en el mejor de los casos, esperando que se fuera sin mí. Pero al tercer y enjundioso “¡Vamos!” con el agregado de un “¡Me cacho en dié este chango!”, mis manos de ocho o nueve años levantaban las dos bolsas de plástico entretejido -una roja y la otra verde- y enfilábamos con mi madre hacia el Abasto.
En el playón, un alboroto de carreros con las radios a todo volumen descargaban la verdura de los camiones y los caballos hacían marcha atrás para que los carros asomaran sus nalgas a los pasillos del mercado y así oficiar de puestos de venta. Y el “¿Y diái? ¿Qui’hací, montón!” recorría festivamente de una punta a otra de la galería, dándoles la bienvenida a los vendedores recién llegados. “¡A dié, a dié l’acelga, patrona!” “Humm, medio carita, ¿no? ¡Además está un poco amortiguada!” “¡A ocho cincuenta y una yapa, patrona!” Y como a la hora, salíamos con dos bolsas cada uno. Yo, doblado por el peso de las naranjas y las manzanas, arrastraba en mi marota ese dicharachero “¿Y diái? ¿Qui’hací, montón!”
Durante años me pregunté si montón era porque se había vendido mucho o se había escabiado o enyantado en abundancia o era una contraseña de la Cosa Nostra local. En el Mercado del Norte, escuché una mañana a dos puesteros saludarse así y me animé a preguntarles qué códigos filosóficos escondía ese enigmático “¡montón!” Y el más viejo me respondió: “¡É por montón di’aca, jefe!”